El papel de los servicios secretos del Vaticano en la caída del comunismo polaco

Los servicios secretos del Vaticano, en colaboración con la CIA, jugaron un papel clave en la caída del comunismo en Polonia

0
95
Los jardines del Vaticano. Foto: Ángel López Peiró

Los servicios secretos de la Santa Sede, conocidos como Sodalitium Pianum o también como la Santa Alianza, gracias a su colaboración con la CIA jugaron un papel muy importante en la caída del comunismo en Polonia. Ésta desencadenó el fin de los regímenes comunistas en el resto del bloque del Este y contribuyó finalmente a la desintegración de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría.

Centro de Juan Pablo II en Cracovia. Foto: Ángel López Peiró

Tras su elección como pontífice, Juan Pablo II reformó la institución del Vaticano responsable de inteligencia y contrainteligencia, cuyo responsable era el diplomático vaticano y arzobispo Luigi Poggi. El Papa era perfectamente consciente que él y los miembros de la curia romana serían espiados por los servicios secretos de los estados miembros del Pacto de Varsovia.

La inteligencia vaticana

Poggi había empezado a trabajar en 1945 en la Secretaría de Estado de la Sede Apostólica, y más concretamente en la sección de relaciones con otros estados. En el año 1973 el papa Pablo VI le encomienda a Poggi una misión muy delicada: mejorar las relaciones diplomáticas con los países socialistas del bloque del Este. Dos años más tarde el arzobispo es nombrado director de un equipo de trabajo especial para establecer contactos con la República Popular de Polonia.

Durante sus numerosos viajes a Polonia, el arzobispo Poggi conoce al cardenal de Cracovia Karol Wojtyla. Empezó a unirles una fuerte amistad y su fuerte oposición al comunismo. Tal fue la conexión entre ambos personajes que durante la primera semana de su pontificado Juan Pablo II le encomendó a Poggi el puesto de responsable de seguridad del Vaticano.

La Plaza de San Pedro. Foto: Ángel López Peiró

El papa polaco le pidió a Poggi que tomara el control de la Sodalitium Pianum, una institución fundada en 1907 por el papa Pío X con el fin de obtener información sobre cualquier amenaza para la Iglesia por parte de otros estados u organizaciones. Hasta ese momento dicha entidad había tenido poco éxito y se cernía sobre ella una sombra de actuaciones condenables e inmorales además de numerosos fracasos como cuenta Eric Frattini en su libro La Santa Alianza, cinco siglos de espionaje vaticano.

Por medio de esta estructura el Vaticano conseguía a través del trabajo de las nunciaturas en todo el mundo hacerse con información crucial para la Santa Sede. También dicha organización se encargó de fortalecer las normas de seguridad del Estado vaticano, como por ejemplo el acceso a los documentos más importantes o la entrada de visitantes. Poggi sabía que la contrainteligencia del Vaticano no podría hacer frente a los servicios secretos de los países socialistas y por eso empezó a buscar aliados de envergadura. El candidato más natural para aliarse con la inteligencia del Vaticano era, por supuesto, la CIA.

El socio americano

El otoño de 1978 el arzobispo Poggi firmó un acuerdo secreto de Sodalitium Pianum con la CIA. Como consecuencia de éste se inició una operación de inteligencia compartida con el nombre en clave “Libro abierto”. Consistía en hacer llegar a los países del bloque del Este, a Ucrania y a las Repúblicas Bálticas, literatura anticomunista prohibida o traducciones de prensa católica. En un principio, Estados Unidos tuvo ciertos recelos sobre esta operación porque Jimmy Carter temía empeorar las buenas relaciones que había con la URSS en ese momento. La situación dio un giro con la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca en 1980 y su política de confrontación con el rival geopolítico de los EE.UU.

La primavera de 1981 el director de la CIA William Casey fue invitado por Poggi al Vaticano, donde Juan Pablo II le recibió en audiencia.  Casey le prometió a Wojtyla colaboración y ayuda, y le aseguró que tendría acceso a todas las informaciones que fueran de su interés, que eran sobre todo las que hacían referencia a Polonia. Desde ese momento la CIA mandaba informes regulares al Vaticano sobre cuestiones como por ejemplo la aplicación de la Ley Marcial. Estas informaciones eran usadas por la curia romana. Por su parte, el arzobispo Poggi activó a los sacerdotes miembros del servicio trabajando en los países comunistas para que mandaran todas las informaciones que consideraran de relevancia. Un flujo de información que terminaba en el responsable de la CIA en Roma.

La alianza Juan Pablo II-Reagan

En 1981 tras los atentados sobre Reagan y Juan Pablo II ambos mandatarios empezaron contactos por correspondencia. Ese mismo año Reagan nombró a William Clark, un católico creyente, como su asesor de seguridad. Clark en su primera misión en el extranjero viajó al Vaticano, donde se reunió con el Papa, el arzobispo Poggi y los colaboradores de este en el Sodalitium Pianum. Éstos convencieron a Clark para que el gobierno norteamericano ejerciera presión sobre los países comunistas en relación con la cuestión de la libertad religiosa.

Encuentro de Juan Pablo II con Ronald Reagan en 1987.
Encuentro de Juan Pablo II con Ronald Reagan en 1987. Foto: wikicommons

En diciembre de 1981, tras la introducción de la Ley Marcial, Reagan impuso sanciones económicas a la República Popular de Polonia. En su correspondencia posterior con Washington, Juan Pablo II consideró esta acción “moralmente justificada”.  A cambio, el pontífice presionó a los miembros de la Iglesia en EE.UU. más críticos con Reagan para que rebajaran el tono de su oposición a las políticas del presidente.

El 7 de junio de 1982 Ronald Reagan y sus colaboradores más cercanos realizan una visita al Papa en el Vaticano. Durante también se reunieron con el arzobispo Poggi entre otros los asesores de Reagan Clark y Casay. Se acordó que el Sodalitium y la CIA llevarían a cabo la siguiente operación conjunta.

Juan Pablo II y Reagan acordaron apoyar al movimiento Solidaridad e intercambiar información no sólo sobre Polonia. Por ejemplo, el Vaticano le pasó información a la CIA sobre la situación en Nicaragua, El Salvador y Guatemala y, a cambio, Langley informó al Vaticano sobre las actividades de la Teología de la Liberación en Latinoamérica.

Por un lado, se mandaron a Polonia equipos financiados con fondos de la CIA, de la Fundación Nacional para la Democracia y de cuentas secretas de la Banca Vaticana a través de canales organizados por los sacerdotes polacos y agentes de la inteligencia americana. Estamos hablando de miles de ordenadores, impresoras, faxes, fotocopiadoras, teléfonos, transmisores, radios de onda corta y cámaras de vídeo, entre otros utensilios. Por otro lado, se mandó directamente dinero americano para fortalecer a la oposición al régimen.

El periodista español especializado en inteligencia y espionaje Fernando Rueda explicó en el programa de radio La Rosa de los Vientos que una de las vías de financiación de esta operación de apoyo a Solidaridad en Polonia fue una compañía de la Banca Vaticana llamada Bellatrix, con sede en Panamá, que rentabilizaba la venta de misiles a la dictadura de Argentina para el conflicto de las Malvinas. Según Rueda “hubo una época en la que la Banca Vaticana actuaba con los mismos criterios que muchos otros bancos, pero, aunque fuera para financiar a Solidaridad no se puede justificar”.

El topo de la Santa Alianza

Rueda contó también cómo para la inteligencia vaticana era muy importante obtener información de todos los ámbitos, jerarquías y bandos de la sociedad y la política polacas. Cuando el Vaticano y la CIA empezaron a apoyar a Lech Walesa había un gran grave peligro, y es que la Unión Soviética decidiera sacar los tanques y tomar el poder directamente en Polonia. Ambos servicios de inteligencia temían que esto pudiera ocurrir pronto, aunque esta cuestión no está nada clara y parece que la URSS se había planteado una invasión de Polonia años antes, pero no era esa la prioridad en ese momento en plena guerra de Afganistán.

La inteligencia norteamericana y vaticana conocía algunos de los posibles planes soviéticos y sabía que la URSS pedía a los líderes comunistas más polacos más firmeza ante la oposición. Disponían de esa información porque tenían como topo en el Ministerio de Defensa al coronel Ryszard Kuklinski, antiguo ayudante de campo de Jaruzelski, y que ya trabajaba como agente para la CIA desde 1970. Sin embargo, los comunistas también tenían un topo en el Vaticano que informó sobre las filtraciones y colocó las sospechas en dirección a Kuklinski.

Monumento a Ryszard Kuklinski en Cracovia
Monumento a Ryszard Kuklinski en Cracovia Foto: Ministerio de Exteriores de Polonia

La CIA y la Santa Alianza tuvieron que montar una operación con urgencia para evitar que Kuklinski fuera detenido y sacarle del país. El sábado 7 de noviembre de 1981 Kuklinski se metió en un coche como si fuera a hacer un almuerzo campestre con toda la familia, y sabía que había dos coches de la contrainteligencia polaca que le estaban siguiendo. Como le indicaron la CIA y la Santa Alianza, se dirigió en dirección a embajada de Canadá, y en un determinado momento, cuando pasó el coche de Kuklinski se interpuso un camión cargado de tubos metálicos que separó su vehículo de los coches de la persecución. En ese preciso instante aprovechó Kuklinski para meterse en la embajada canadiense y poder ser liberado.

El premio al esfuerzo

En todo momento durante los últimos años de vida de la Polonia comunista los sacerdotes polacos mantuvieron al Vaticano informado sobre el estado de ánimo de los polacos y los cada vez más numerosos síntomas de bancarrota y descomposición del sistema comunista. Finalmente, la fortaleza de Solidaridad y la difícil situación socioeconómica del país llevaron en 1989 a las negociaciones de la Mesa Redonda que iniciaron la transformación política del país. Sin el trabajo de la inteligencia norteamericana y vaticana nada de eso hubiera sido posible.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here