¿Se terminó la doctrina Giedroyc en la política exterior polaca?

Algunas actuaciones del ejecutivo polaco parecen indicar que la política exterior de Polonia ante Lituania, Ucrania y Bielorrusia ha entrado en un proceso de revisión que responde no solo a criterios geopolíticos.

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Foto: Ministerio de Asunto Exteriores de Polonia

El intelectual polaco exiliado en París Jerzy Giedroyc, junto a Juliusz Mieroszewski, concebió en los años 1970 una doctrina geopolítica–expuesta en las páginas de su prestigiosa publicación Kultura— basada en la siguiente teoría:

Si Polonia mantiene una buena relación con las exrepúblicas soviéticas de Lituania, Bielorrusia y Ucrania (y en menor medida con Georgia, Armenia) y defiende la independencia, integridad, salud democrática y desarrollo de esos estados, la amenaza que Rusia puede suponer para Polonia será mucho menor.

En un principio la doctrina tenía como objetivo tangible simplemente asegurar el reconocimiento de las nuevas fronteras orientales de Polonia tras la Segunda Guerra Mundial, es decir, la pérdida de territorios polacos en favor de Lituania, Bielorrusia y Ucrania y promover una buena vecindad con estos estados; sin entrar en disputas por los conflictos políticos, étnicos y armados en el periodo de entreguerras y durante  la Segunda Guerra Mundial.

Con el tiempo la misma doctrina evolucionó para albergar un objetivo más ambicioso: alejar de la zona de influencia rusa a los países de la llamada ULB (Ucrania, Lituania y Bielorrusia) y acercarles a Polonia y Occidente.  Por esa razón, la Unión Europea apoyó desde su fundación esta concepción política que, por otra parte, encajaba bien con la ampliación del proyecto comunitario, así como de la OTAN al este.

Esta doctrina ha funcionado como la base para la política exterior de Polonia ante sus vecinos orientales desde que se puedo empezar a aplicar–cuando Polonia recuperó su independencia real en 1989–hasta la actualidad. Se ha aplicado con continuidad e incluso en algunos casos ha pasado por encima de los propios intereses polacos en algunos ámbitos.

Fruto de esa doctrina fue la gran implicación del entonces presidente polaco Lech Kaczynski en favor de los intereses de Georgia en 2008 durante la guerra ruso-georgiana, así como la implicación de la mayor parte de la clase política polaca con el Maidan ucraniano en 2014. La posterior condena de la anexión rusa de Crimea y el apoyo a las sanciones sobre Rusia reflejaron la continuidad del apoyo polaco a Ucrania.

La doctrina ha encontrado fuertes críticas en algunas esferas políticas y diplomáticas, así como en algunos sectores ideológicos de la sociedad polaca. La oposición a esta doctrina tiene su origen en dos cuestiones:

Por un lado, las concesiones que los diferentes gobiernos polacos han hecho a sus vecinos orientales en cuanto a políticas para proteger los derechos de las todavía significativas minorías polacas en estos estados. Por otro lado, la falta de decisión durante muchos años para exigir al gobierno ucraniano el reconocimiento como genocidio de las masacres de polacos en Volinia y Galicia Oriental (1943-1945) y la ausencia de reacciones firmes ante los frecuentes actos de vandalismo antipolaco por parte de nacionalistas ucranianos radicales.

Es importante destacar que, pese al uso estratégico de esta visión política, la posición de Lituania, Bielorrusia y Ucrania hacia Polonia en los últimos 25 años ha sido a menudo poco amistosa, fría y desconfiada. Por ejemplo la discriminación lingüística de los ciudadanos polacos en Lituania y las polémicas sobre la señalización en lituano en zonas del noreste de Polonia con importante presencia lituana han dificultado las relaciones entre ambos países. En otras palabras, estos estados siguen viendo en Polonia una fuerza imperialista (todavía con la referencia histórica de la Mancomunidad polaco-lituana o República de las Dos Naciones en el pensamiento colectivo) que intenta ejercer una gran influencia sobre ellos y amenaza su soberanía absoluta.

Algunas actuaciones del actual ejecutivo polaco en materia de exteriores llevan a pensar que tal doctrina se encuentra como mínimo en un proceso de revisión.

Por ejemplo, la polémica nueva ley del Instituto de Memoria Nacional, además de a la cuestión del Holocausto, también hace referencia al genocidio de polacos por parte de los nacionalistas ucranianos en la Segunda Guerra Mundial, pero sorprendentemente no hace referencia a los innumerables crímenes soviéticos contra los polacos. Otro ejemplo lo encontramos en la decisión de recortar fondos para Biełsat TV, el canal de televisión por satélite en lengua bielorrusa de la televisión pública polaca.

En estos momentos todo parece indicar que se abre un debate sobre las nuevas estrategias de la política exterior polaca a la luz de los grandes cambios que está experimentando el orden mundial con los giros estratégicos drásticos de Trump y un regreso a un mundo multipolar con una gran rivalidad entre varias potencias mundiales.

La política de Polonia con sus vecinos orientales podría experimentar grandes cambios en los próximos tiempos y convertirse en más ambigua y pragmática. Además, teniendo en cuenta que el actual ejecutivo polaco, al igual que en el caso de muchos estados europeos en la actualidad (e.g. Siria),  Polonia lleva a cabo políticas exteriores que buscan efectos inmediatos en la opinión pública interior del país, y no sólo objetivos estratégicos a corto, medio y largo plazo que responden a los intereses del estado polaco.

En enero de 2017 aparecía en la revista New Eastern Europe un analísis titulado “La despedida de Giedroyc” en que la autora, Katarzyna Pełczyńska-Nałęcz,  argumentaba que el fomento de la “polonidad” había pasado a ser más importante en la política de Polonia hacia sus vecinos al este, centrándose en el caso ucraniano, que el desarrollo de la democracia y el bienestar. Precisamente, una referencia a la politica exterior como herramienta para conseguir resultados políticos interiores.

La pregunta parece ahora inevitable. ¿Es la doctrina Giedroyc todavía válida en el actual contexto de la Europa centro-oriental y del Este? Probablemente no, al menos no en su misma visión y objetivos que en el periodo 1989-2017.

En el medio ya anteriormente mencionado Wojciech Konończuk escribía en febrero de este año sobre la necesidad de buscar una nueva concepción política–una doctrina post-Giedroyc–para las relaciones entre Polonia y Ucrania, ya que en su opinión, los objetivos originales de la visión de Giedroyc en los años 1970 ya hace tiempo que han sido alcanzados.

No obstante, otra cosa son los principios básicos de la doctrina aquí en cuestión. No en vano, los actores directos e indirectos que escenifican la estrategia diplomática de Polonia no deberían olvidar una de las tres grandes lecciones que la historia del siglo XX le dio al país centroeuropeo *: un enfrentamiento de Polonia con sus estados vecinos de tamaño pequeño en Europa centro-oriental y Europa del Este pone en peligro la seguridad, estabilidad y desarrollo del país.

 

*Lección 2: No confiar en las potencias occidentales para garantizar su seguridad, libertad o independencia territorial. Lección 3: Polonia debería en todo momento tener una sólida alianza y unas excelentes relaciones con una de estas dos potencias: Alemania o Rusia.

 

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