Al visitar Chile, uno se encuentra con incontables estatuas, placas, parques o colegios que homenajean al Papa Juan Pablo II. ¿Por qué tanta devoción por el Sumo Pontífice polaco en el país andino? La explicación descansa en la estancia de Juan Pablo II en Chile en abril de 1987. Aquella visita papal tuvo grandes implicaciones en la situación política y social del país, entonces sometido a la dictadura del general Pinochet.

Un viaje que quedó en el recuerdo

La visita de Juan Pablo II a Chile tuvo lugar entre el 1 y el 6 de abril de 1987, en los estertores finales del mortífero régimen militar del general Pinochet. Chile era por entonces el país más católico de Latinoamérica. Por ello, la primera visita oficial de un Sumo Pontífice al país revolucionó la sociedad, y los múltiples actos en los que participó Karol Wojtyla congregaron a centenares de miles de fieles.

La presencia de Juan Pablo II consiguió abrir espacios de expresión a aquellos cuya voz había sido silenciada. El Papa se reunió con los habitantes de las poblaciones (barrios periféricos de las ciudades chilenas), quienes denunciaron ante el Sumo Pontífice y ante las cámaras la situación de violencia reinante en el país, la pobreza y el hambre escondidas por los militares.

Las reivindicaciones de los pobladores y la emocionada reacción de Juan Pablo II fueron retransmitidas por los canales de televisión que cubrían la visita papal: era la primera vez que se denunciaban las violaciones de los derechos humanos a través de los medios de masas chilenos, que operaban bajo la censura del régimen desde el golpe del 73.

El viernes 3 de julio, mientras el Sumo Pontífice oficiaba una multitudinaria eucaristía en el santiaguino parque de O´Higgins, se sucedieron una serie de enfrentamientos entre los asistentes al acto y la policía. Hubieron barricadas, hogueras y gases lacrimójenos. “Santo Padre, bienvenido. En Chile se tortura”, se podía leer en algunos carteles.

Pese a los incidentes violentos, la presencia de Juan Pablo II en Chile sirvió para relajar la tensión social. Permitió a los chilenos observarse a sí mismos a través de un espejo extranjero y les hizo darse cuenta de que el hartazgo ante la violencia y la guerra política era compartido por la mayoría. Con esa revelación colectiva empezó el camino hacia el plebiscito de octubre de 1988, que se celebró sólo 18 meses después de la visita del Papa, y en el que los chilenos dijeron “no” a Pinochet.

El papel de la Iglesia en Chile

Así como sucedió en Polonia, y al contrario que en España durante el franquismo, la influencia de la Iglesia jugó un papel importante a la hora de desgastar al régimen autoritario de Pinochet y proteger a la población.

Las instituciones caritativas católicas fueron un salvavidas para los chilenos más desfavorecidos. Además, las iglesias cristianas y judías fueron las impulsoras del Comité Pro Paz, una asociación que ofrecía apoyo judicial a los presos políticos y familiares de desaparecidos. Después de que Pinochet consiguiera cerrarlo, la Iglesia continuó ayudando a los necesitados a través de la Vicaría de la Solidaridad. El arzobispo Raúl Silva Henríquez, fallecido en 1999, fue uno de los símbolos de la lucha de la Iglesia católica chilena por los derechos humanos y la democracia.

Sin embargo, en los últimos años la confianza de los chilenos en el catolicismo ha descendido. Así lo indica la menor expectación que despertó la visita del Papa Francisco en enero de este año en comparación con el peregrinaje de Juan Pablo II.

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