Polonia ha estado en el centro de atención de todo el mundo durante las últimas semanas por la polémica enmienda a la ley del Instituto Nacional de Memoria (IPN), la mal llamada en los medios extranjeros “Ley polaca del Holocausto”. La nueva normativa en su redacción actual ha generado polémica en todo el mundo y ha sido rotundamente rechazada por Israel y Estados Unidos, dos de los principales aliados estratégicos en la actual política exterior polaca. Dicha ley, que no pretende negar el Holocausto sino tiene como objetivo cuidar el buen nombre de Polonia, permitirá aplicar penas de prisión a quien use la terminología “campos de concentración polacos”. La polémica desatada es totalmente comprensible y numerosos medios occidentales y, entre ellos, los españoles, han puesto el grito al cielo. Un buen fin, sin duda, pero dudosos medios. Buen fondo, pero malas formas.

Sin embargo, son necesarias una serie de matizaciones para no caer en el blanco o negro al tratar una cuestión que presenta un gran rango de grises. Por una parte, es más que justo y necesario denunciar el uso de la expresión “campos de concentración polacos”. Es asimismo totalmente injusto hablar de los polacos en general como colaboracionistas de los alemanes nazis en la ejecución del Holocausto (sí hubo numerosos episodios puntuales de colaboración).

No obstante, la enmienda a ley del IPN no es el camino. Es totalmente desafortunada e incluso vulnera los principios de libertad de prensa estipulados en la Constitución polaca. Por esa misma razón, el presidente de Polonia Andrzej Duda, aunque la firmó, la mandó al Tribunal Constitucional, donde está siendo revisada. Nada mejor que educación, investigación y cooperación para intentar evitar que aparezcan de nuevo en los medios expresiones como “campos de concentración polacos”. Mejor divulgar que prohibir.

No obstante, en contra de lo publicado en muchos medios de comunicación, dicha ley en su formulación actual no puede en ningún caso abrir causas penales contra artistas e investigadores como aclaraba el portal de la radio polaca thenews.pl ya el pasado 29 de enero, justo después de que se aprobara la ley en el Parlamento.

Además, como detalló el portal outono.net, la ley objeto de polémica penaliza la atribución a la nación polaca y al pueblo polaco en general de los crímenes cometidos por el Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial pero no pretende negar que algunos polacos individualmente colaborasen con los nazis. Un hecho que han tergiversado medios como CNN, Haaretz, The Guardian; New York Times, BBC, El Mundo, el País o ABC.

El historiador polaco Jan Grabowski, en base a sus investigaciones, estima que de los 3.200.000 judíos polacos que perecieron durante la Segunda Guerra Mundial, 200.000 de ellos fueron asesinados gracias a la implicación directa o indirecta de polacos. Una cifra muy dudosa que Grabowski todavía no ha justificado. Aun siendo cercana a la realidad de los hechos históicos,  estaríamos hablando de un nivel de colaboracionismo significativo, pero en todo caso muy inferior (en porcentaje de población) al que se produjo en Ucrania, Lituania o Hungría, condenable y que bajo ningún concepto debería esconderse por mucho que dañe el buen nombre de Polonia. En la mayoría de los medios de comunicación europeos, norteamericanos e israelís se ha querido transmitir el mensaje que Polonia quiere esconder investigaciones en esa dirección. Se ha asegurado que Polonia tiene intención de castigar penalmente a esos investigadores que se atrevan a publicar sobre este tema. Eso es totalmente falso, e incluso la misma formulación de la ley tiene referencias explícitas al no incurrimiento en delito en el caso de trabajos académicos y artísticos.

Los líderes del partido del gobierno, Ley y Justicia (PIS) se han metido un gol en propia puerta. Han caído en una trampa mediática creada por ellos mismos.  En política—especialmente en esta era de la inmediatez en que vivimos—los tiempos son tan importante como el contenido y las formas. La publicación de la enmienda llegó precisamente en uno de los mejores momentos de las relaciones entre Israel y Polonia desde la creación del estado judío—Israel y Polonia están en política actualmente entre los países parecido que encontrarán en el mundo. No obstante, dicha publicación no pudo llegar en un peor momento: Israel se encuentra ahora en un clima de precampaña electoral y la ley el 26 de enero, precisamente un día antes de la conmemoración del Holocausto.

El error del gobierno polaco en los tiempos, la forma y la manera de comunicar el contenido de la nueva ley fue en realidad posible por una descoordinación enorme entre los responsables de elaborar la ley, cargos del Ministerio de Justicia, y los responsables Ministerio de Exteriores. En realidad a PIS no le beneficia nada una escalada diplomática del conflicto en torno a la ley con Israel y los Estados Unidos, como ha terminado sucedido. El presidente de PIS Jaroslaw Kaczynski tampoco es nada partidario que se vincule a su partido con el antisemitismo, como muy bien explica la periodista Zuzanna Dąbrowska en el periódico polaco Rczespopolita.

Es necesario entender que ninguna cuestión une tanto a los israelitas y fomenta tanto su identidad nacional hoy en día que el recuerdo de las víctimas del Holocausto. El gobierno de Netanyahu, aun a riesgo de poder perder un aliado internacional—en el mantenimiento de unas sólidas relaciones polaco-israelís en realidad quien tiene más en juego es Polonia—prefiere posicionarse ante la opinión pública como un patriota que defiende el honor de las víctimas del Holocausto. Esa postura se explica simplemente por la presión ejercida por la oposición israelí de izquierdas que quiere proyectar la imagen de que es más patriota que la derecha.

La tala de árboles en Bialowieza

El intento de difamación sobre Polonia ha sido todavía mucho mayor —aunque ha alcanzado cuotas mediáticas mucho menores— en el asunto de la tala de árboles en el Parque Nacional de Bialowieza, ubicado al noreste del país. Internet se llenó  en 2017 de noticias de medios supuestamente serios  asegurando que el gobierno polaco había decidido talar el bosque más antiguo de Europa y lo estaba destrozando. No puede haber mayor falsedad y exageración.

Las autoridades forestales de Polonia, tras detectar una plaga de escarabajos de la corteza de abeto, realizaron pequeños trabajos para evitar que cayeran árboles sobre los numerosos visitantes del parque nacional —una de las mayores atracciones turísticas del país— y para proteger la biodiversidad eliminando árboles enfermos. Las decisiones para la ejecución de estos trabajos forestales se tomaron en base al análisis de expertos forestales y no por decisiones políticas. Si bien es cierto que el Tribunal Europeo de Justicia solicitó a Polonia parar los trabajos en dicho bosque, las autoridades comunitarias no han llegado todavía a sancionar a Varsovia porque el caso no ha sido resuelto todavía por el mencionado tribunal.

A modo simplemente anecdótico, puede mencionarse como el pasado 22 de febrero tras los graves incidentes en Bilbao entre hinchas del Athletic Club de Bilbao y del Spartak de Moscú a un periodista radiofónico español le faltó tiempo para asegurar que los seguidores de fútbol ultras más peligrosos del mundo en la actualidad son los rusos y los polacos.

¿Interés en desprestigiar a Polonia?

Parece haber cierto un interés en desprestigiar a Polonia, uno de los países que más a ha logrado en los ámbitos de desarrollo económico y tecnológico en Europa en los últimos 15 años. Ese interés no es fortuito y poder ser solamente interpretado como la oposición de ciertos centros de poder e influencia, así como grupos mediáticos (se podría mencionar por ejemplo a Soros), a la aparición y emergencia de Polonia como un nuevo elemento influyente en el tablero internacional y un nuevo poder económico. Es un hecho que Polonia está a un paso de dejar de ser una economía emergente y convertirse en un país plenamente desarrollado al nivel de las economías de Europa occidental, en gran parte. No interesa que Polonia se convierta también en una nueva potencia política con un alto grado de independencia e influencia.

Las intenciones de todos estos esfuerzos mediáticos no son otras que exagerar, describir a Polonia como una dictadura en formación, aunque no se puede negar que el gobierno polaco ha dado algunos pasos en contra de los valores democráticos, la libertad de prensa y la separación de poderes. Ejemplo de ello es la reforma del sistema judicial. No obstante, muchas de las controvertidas leyes polacas que han sido condenadas por la UE encuentran equivalentes en otros estados comunitarios.

La estrategia de desprestigio de Polonia pasa por describir a Libertad y Justicia como un partido ultra o de extrema derecha y a la sociedad polaca como nacionalista, racista y antisemita, para a través de ello contribuir a aislar a Polonia en el ámbito de las relaciones internacionales, alejándola de Europa occidental y sus aliados tradicionales, enfrentándola con sus nuevos posibles aliados estratégicos. Un enfrentamiento al que el mismo gobierno polaco está conribuyendo por culpa de sus errores estratégicos y su obsesivo enfoque en la política nacional cortoplacista de cara a los medios y la opinión pública.

Rusia es el principal beneficiado de la mala prensa de Polonia, ya que ésta aleja al país de Europa occidental, pero no el único. Toda esta estrategia de desprestigio de la nueva potencia a orillas del Vístula puede beneficiar sobre todo en aquellos estados miembros de la UE interesados en revertir la integración europea hacia el Este y en crear una Europa de dos velocidades.

Es un hecho que los principales grupos mediáticos occidentales no tienen mucho interés en informar sobre Polonia de forma objetiva. Muchos medios informan sobre Polonia o bien a través de su corresponsal en Berlín, mirando a Polonia desde una perspectiva alemana, o bien a través de periodistas polacos que mandan a varios medios extranjeros traducciones de un mismo artículo publicado en Polonia. Estos últimos suelen estar excesivamente vinculados a la oposición polaca, siendo imposible que  informen de modo medianamente imparcial y objetivo. Sería, por supuesto, igualmente criticable si fueran periodistas estrechamente vinculados a PIS.

El modo que tienen de informar sobre muchas cuestiones de la actualidad polaca numerosos medios occidentales no va dirigido a criticar únicamente al gobierno de PIS, sino que va mucho más allá y ataca a la imagen de la nación polaca en su conjunto.

Aun con todo, a menudo eso es posible porque el actual ejecutivo polaco se lo pone realmente muy fácil.  Ley y Justicia parece mucho más preocupado por la imagen interna de cara a mantener movilizado y enojado a su electorado, que por cuidar la imagen exterior de Polonia en círculos políticos y en la opinión política internacional. De hecho, todas las grandes decisiones políticas del gobierno polaco, incluso las de carácter exterior, están pensadas más para movilizar a base de emociones al electorado y crear tensiones internas en Polonia que para alcanzar unos objetivos estratégicos a largo plazo.

Por su parte, la oposición polaca no ha presentado por desgracia todavía un proyecto político concreto y ambicioso capaz de hacer frente a esta estrategia del gobierno. Lo que es peor, parte de la oposición polaca intenta aprovechar políticamente la excesiva mala prensa de Polonia en el extranjero, aunque aparentemente sin pocos resultados de momento.

La peligrosa pero efectiva estrategia de movilización interna del electorado de PIS a cualquier precio, junto con los esfuerzos de algunos agentes políticos y mediáticos externos por desprestigiar el país aprovechando dicha estrategia están dañando consideradamente el buen nombre, prestigio y admiración que los polacos —pese a las numerosas sombras de la Polonia actual— se han ganado merecidamente a lo largo de su historia más reciente.

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