El “Palacio sobre el agua” en el parque Lazienki Królewskie (Baños Reales) de Varsovia. Foto: Ángel López Peiró

Carles Casajuana–escritor y diplomático español que fue embajador en Londres de 2008 a 2012–publicó un artículo de opinión en el periódico La Vanguardia el pasado 18 de abril de 2015, en que pone a Polonia como ejemplo de las bondades y beneficios de pertenecer a la Unión Europea.

Un escrito que incita a pensar que quizás no se estén valorando lo suficientemente los logros alcanzados por los estados miembros del proyecto comunitario y pone a Polonia como modelo de saber sacar partido al proyecto europeo en positivo. Un artículo de convicciones europeístas donde abundan las reflexiones sobre lo que supone para un estado pertenecer a la Unión Europea; esto  en unos tiempos, los actuales, en que el euroescepticismo está más presente que nunca en las sociedades europeas.

Puede leer a continuación el artículo “Polonia y la normalidad” de Carles Casajuana:

“Hará unos veinte años, acompañé al secretario general del Ministerio de Asuntos Exteriores a Varsovia. El plato fuerte de la visita fue un almuerzo con el viceministro de Asuntos Exteriores polaco encargado de las cuestiones europeas. Polonia era entonces candidata a la Unión Europea -que todavía se llamaba Comunidad Económica Europea- y la OTAN, y lo que más interesaba a nuestro anfitrión y a su equipo era la experiencia española de las negociaciones de ingreso en ambas organizaciones, de las que estaban impacientes para ser miembros.

Recuerdo que nuestro secretario general explicó que las negociaciones con la Comunidad Europea eran duras y que, una vez dentro, no todo eran facilidades, y les recomendó que se prepararan bien para el ingreso. La competencia comercial y económica entre los estados miembros era feroz y, una vez eliminados los aranceles, podía ser devastadora para la industria nacional. Por ello, convenía que aprovecharan los años que les quedaban para fortalecerse, porque una vez dentro estarían indefensos. En la Comunidad Europea, nadie regalaba nada.

El viceministro polaco escuchaba estas palabras con una impaciencia creciente, revolviéndose en la silla. En cuanto pudo, agradeció la recomendación, aseguró que el país estaba preparado y soltó lo que, sin duda, hacía rato que pensaba. “Mire–dijo–, yo visité España hace veinte años, en 1973, y volví el mes pasado, y he visto la diferencia. Es un cambio espectacular. Estoy seguro de que no se negará que la Comunidad Europea ha tenido mucho que ver”.

En ese momento me pareció que la respuesta mostraba unas esperanzas excesivas sobre lo que significaba ser miembro de la Comunidad Europea. Si pensaban que el progreso español de aquellos veinte años era únicamente obra de Europa y que la comunidad les crearía las empresas y les pondría las tiendas que todavía brillaban por su ausencia, iban listos. Pero ahora acabo de volver a Polonia, a los veinte años de aquella visita, y me he acordado de la conversación porque he tenido tiempo de comparar la Polonia de entonces con la de hoy y debo reconocer que el viceministro tenía mucha razón.

El cambio es evidente. No hace falta consultar las estadísticas para ver que, durante estos veinte años, el país ha progresado de una forma tan espectacular como España durante los años a los que se refería el viceministro polaco. Bajo gobiernos de orientaciones políticas diversas, Polonia no ha dejado de crecer un solo año desde los primeros noventa. El producto interior bruto se ha multiplicado por cuatro. Polonia aún está lejos de la media de renta de la Unión Europea, pero se va acercando gracias a un crecimiento económico de más del 3% anual. El país se siente seguro de sí mismo, confiado en su prosperidad.

Para calibrar lo que ello supone hay que recordar la difícil historia de Polonia, que siempre ha sufrido las consecuencias de ser un Estado colchón entre Rusia y Alemania, y la sucesión de desastres de los cincuenta años anteriores a la caída del muro de Berlín. El país vivió una época dorada desde 1918, cuando obtuvo la independencia, hasta la invasión alemana, en 1939. Desde entonces todo fueron calamidades. La guerra dejo seis millones de muertos, el 15% de la población. Es como si, en España, en vez del medio millón de muertos de la Guerra Civil, hubiera habido nueve veces más, cuatro millones y medio. El nivel de destrucción material también fue muy superior al español. El país quedó devastado. Y después, mientras en Europa Occidental,  el plan Marshall contribuía a la reconstrucción y ponía las bases para el boom económico de los sesenta, Polonia, independiente sobre el papel, quedó sometida a la autoridad de Moscú y sufrió cuarenta años de dictadura comunista. ¿Puede sorprender a nadie que haya polacos que identifiquen Polonia con la protagonista de la popular ópera Halka, una sierva de la gleba seducida y abandonada por un noble hacendado?

Ahora que todo el mundo tiene a mano un cubo de agua fría para rebajar cualquier entusiasmo europeísta, es bueno que reflexionemos sobre todo lo que la entrada en la UE ha significado para países como Polonia.

Cuando cayó el muro de Berlín, la renta per cápita polaca era similar a la de la vecina Ucrania. Hoy es tres veces más elevada. Polonia es democrática y vive en paz. Ucrania está en guerra y Bielorrusia, el otro vecino al este, es una dictadura. Esta es la diferencia entre ser miembro de la Unión Europea y no serlo. Dicen que las personas felices ignoran lo que son. Lo encuentran normal. Con la paz y la prosperidad pasa lo mismo. Parecen normales. Pero si miramos atrás vemos que no lo son. Polonia vive hoy una situación que también parece normal, como la nuestra, y ojalá dure muchos años, pero vale la pena mirarnos en el espejo que nos ofrece para recordar la prosperidad y seguridad que debemos a la Unión Europea. ”

Después de esta lectura, es necesario destacar y contextualizar  algunos de los hechos incuestionables sobre Polonia a los que Casajuana  se refiere en su artículo:

  • Polonia ha sabido sacar el máximo partido de su ingreso y pertenencia a la UE.
  • Polonia alcanzará dentro de pocos años la renta per cápita media de la UE.
  • El progreso de Polonia en los últimos 20 años se debe en gran parte a su proceso de ingreso a la UE y a su pertenencia a esta. Sin duda, pero no explica totalmente la tramsformaicón polaca. Por ejemplo. lo que Casajuana no explica es que Polonia en los años 1990 tuvo que acometer reformas muy drásticas dentro de la llamada terapia de choque del plan Balcerowicz para estabilizar su economía y parar la inflación. Unas reformas muy  necesarias pero que dejaron a centenares de miles de personas sin trabajo ni prestaciones sociales. Un precio muy alto que la mayoría de países europeos no pagaron para estar en condiciones de entrar en la UE. Un motivo más para admirar los logros alcanzados por Polonia en los últimos 20 años.
  • El progreso de Polonia es mucho más notable si se tiene en cuenta la destrucción masiva del país durante la Segunda Guerra Mundial y el estancamiento y empobrecimiento bajo el régimen comunista durante 40 años. Una lacra que no sufrieron los países de Europa occidental.
  • Si Polonia no hubiera entrado en la UE, su situación actual podría ser parecida a la de Ucrania o Bielorrusia, que serían estados más democráticos, seguros y prósperos si formaran parte del proyecto comunitario.
  • Si hay paz y prosperidad hoy en gran parte de Europa es gracias a la UE.
  • La seguridad y libertad en un país de Europa no están garantizadas de por sí. Una situación de estabilidad que se da por normal pero que la historia reciente de Europa demuestra que no tiene por qué serlo.
  • En Europa no se valoran suficientemente los logros alcanzados por el proyecto comunitario y aquí radica una de las causas del euroescepticismo.

 

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